Por el equipo de Inmuebles Rurales & Urbanos

 

Una noticia chica pero que cuenta una historia grande. La del empresario chino que llegó a un feedlot bonaerense con ganas de engordar 100.000 animales por año es una de esas.

No es solo una curiosidad. Es una señal. Y si la sabemos leer bien, puede ser el inicio de algo que el campo argentino lleva mucho tiempo esperando.


Un tipo que cruzó el mundo para apostar por lo nuestro

Sun Wei no llegó a comprar carne barata. No llegó a cerrar un negocio rápido y volverse. Llegó a meterse adentro del proceso: a comprar hacienda, a mandarla al corral, a compartir el riesgo del engorde. A hacer lo que hacemos nosotros todos los días.

Eso es nuevo. Y es importante.

Durante décadas la relación con China fue simple: ellos compraban lo que ya estaba hecho. El riesgo, el trabajo, la inversión, todo quedaba de este lado. Ahora hay alguien del otro lado del mundo que dice "yo también me meto, yo también pongo". Que mira un ternero flaco y ve lo mismo que vemos nosotros: potencial.

Eso no es menor. Eso es reconocimiento.


Lo que Antonio Riccillo construyó en 42 años

Para entender por qué llegó un inversor chino a El Mangrullo, hay que entender a quién encontró cuando llegó.

Antonio Riccillo no heredó nada. Empezó lejos del campo, con habilidades en electrónica, y con el primer capital que pudo reunir compró sus primeras hectáreas. Desde entonces no paró. Hoy tiene feedlot, cerdos, avicultura, bioenergía y está experimentando con biofertilizantes. Cada actividad con socios, cada peso invertido con criterio.

Eso es lo que atrae capitales del otro lado del mundo: no la tierra sola, sino la tierra con alguien que sabe trabajarla.

Y ese es el mensaje para todos los que estamos en esto: la seriedad con la que manejamos el negocio, la diversificación, la capacidad de asociarnos, son exactamente los atributos que hacen que un inversor extranjero decida confiar.


100.000 animales: una meta que habla de confianza

Cuando Wei puso ese número sobre la mesa, en la zona se sacudieron. Y es lógico. Cien mil cabezas por año es una escala que pocos feedlots argentinos manejan solos.

Pero más allá del número en sí, lo que importa es lo que representa: alguien que no conoce el campo argentino de toda la vida, que tiene que usar traductor e inteligencia artificial para comunicarse, que llegó con dos sandías al primer asado porque su cultura no le permite aparecer con las manos vacías... ese alguien ve futuro acá. Ve negocio. Ve escala posible.

Si él lo ve desde China, nosotros que estamos adentro deberíamos verlo con más claridad todavía.


El mercado está cambiando, y eso nos favorece

Riccillo lo dice con conocimiento de causa: el ciclo de la vaca vieja vendida barata a China se está agotando. Lo que viene es otra cosa. Cortes premium. Cuota Hilton. Mercados de nicho. Novillos que llegan a 380 kilos y se colocan bien.

Eso es una oportunidad enorme para quien ya está pensando en calidad, en genética, en eficiencia de conversión. El mercado global está dispuesto a pagar más por mejor producto. Y la carne argentina, bien producida, compite con cualquiera.

Riccillo lo resume con una frase que vale enmarcar: "La Argentina tiene una marca impuesta: produce buena carne y la carne nuestra es rica."

No lo dice un publicitario. Lo dice un productor de 71 años que lleva cuatro décadas en el barro.


Lo que se viene, si lo aprovechamos

El establecimiento de Riccillo también recibió delegaciones japonesas interesadas en carne argentina. No es casualidad. El mundo proteico está mirando hacia acá con una atención que hacía tiempo no se veía.

Hay trabas, sí. El tipo de cambio aprieta, los costos en pesos suben, hay burocracia que frena negocios que deberían fluir. Riccillo no lo oculta y tiene razón en señalarlo. Pero ninguna de esas dificultades le impidió a él construir lo que construyó. Ni le impide hoy recibir inversión extranjera en sus corrales.

Las condiciones van a mejorar. Siempre lo hacen. La pregunta es si cuando mejoren vamos a estar posicionados para aprovecharlas o vamos a estar mirando cómo otros tomaron la delantera.


El campo argentino no necesita que nadie lo descubra

Nosotros sabemos lo que tenemos. Lo sabemos cuando arrancamos el motor a las cinco de la mañana, cuando miramos un lote bien terminado, cuando cargamos un camión con animales que criamos desde terneros.

Pero a veces hace bien que llegue alguien de afuera, cruce el mundo, se siente a comer un asado en el campo y diga en voz alta lo que ya sabíamos: esto vale. Esto tiene futuro. En esto vale la pena invertir.

Sun Wei lo dijo con dos sandías y un plan de 100.000 cabezas.

Nosotros lo sabíamos de antes. Ahora toca demostrarlo.


Opinión basada en la nota de Belkis Martínez publicada en La Nación el 23 de mayo de 2026.