"Para conocer el Bajo hay que haberlo andado de gurí, de a caballo y mirando siempre el suelo... hoy esta inundación nos tiene a mal traer, la experiencia es lo único que nos queda cuando el agua te tapa los alambrados"... Don Romero, encargado de este establecimiento en el corazón de los Bajos Submeridionales, nos cuenta cómo se le pelea al agua cuando la mano viene así de pesada.

 

"Acá no hay lugar para flojos ni para gente que no sabe dónde pisa", dice Romero mientras se acomoda el pañuelo mojado. "Estamos sacando la hacienda.. no es solo arrear; es saber que tenés muchos de agua hasta la cabeza , durmiendo donde se pueda"...

 

Para Romero, el punto más bravo es el cruce del Arroyo Golondrina. "El arroyo viene que da miedo y si el animal llega cansado, se lo lleva la corriente.

 

El peligro más grande no es el agua que se ve, sino la que no se ve. "El campo ahora es un solo espejo, pero abajo están los pozos y las hondonadas. Si el caballo mete la pata en un pozo que no viste, ahí quedaste... hay que tener el ojo entrenado para saber por dónde entrarle al bañado", explica con la seguridad de un hombre de experiencia.

 

En el puesto, la soledad se siente más que nunca. Sin caminos, la única forma de arrimar el "vicio" (la comida) o los remedios es en bote o canoa. Los corrales son un chiquero y trabajar el lazo en esas condiciones te liquida la espalda. Pero Romero no se queja: "A mí me enseñaron que al animal se lo cuida hasta lo último. Estamos buscando 'los altos', esas lomas que quedan para que la vaca pueda comer algo seco y no se nos muera de frío".

 

La charla es corta porque el tiempo vuela y el agua no espera. "Cuando esto baje, vamos a ver qué queda. El pasto se pudre y el campo tarda en recuperarse. Pero por ahora, el objetivo es uno solo: que no quede ni una cabeza en el bajo".

 

Don Romero nos despide y encara de nuevo para el trabajo. Su testimonio no es de los que salen en las noticias, pero es la pura verdad de lo que se vive hoy en el norte santafesino: una lucha de experiiencia y coraje contra una naturaleza que, esta vez, decidió no dar tregua.